Rubén: “El infierno es una persona”

El era estudiante de Comunicación Social y yo ya ejercía la locución. Nos cruzamos de casualidad en los pasillos de mi casa de estudios la Universidad Arturo Michelena. Salió  de Venezuela en busca de una mejor vida y aterrizó -cerquita- en Bucaramanga para hacer y deshacer por allá. Dice que es Ingeniero frustrado-cuasi Periodista, yo digo que pese a todo lo que esté a medias, es tremento tipazo. Les presento a mi amigo Rubén Gutiérrez.
“Soy fiel creyente de que la gente puede llegar a convertirse en una nación para alguien, o viceversa. Ese lugar que llevamos en todo lo que hacemos y somos. Lo amamos y lo odiamos. Lo extrañamos y le tememos. Lo valoramos tanto y lo depreciamos igual. Una nación, una persona. Somos ella y ella es nosotros. Ocuparemos siempre el mismo espacio físico. Arquímedes estaba equivocado.
Hay personas que funcionan como naciones para nosotros. Son nuestra ley; son nuestras normas y un reflejo perfecto que nos permite ser mejores cada día; son todo y son nada; son las mañanas cálidas y las noches frías; son un compendio de cosas que al final del trayecto quedan perennes en nosotros incluso en la forma de atravesar una avenida; son las ganas de comer y las ganas de beber; son el azar al cruzar una esquina y la certeza de encontrarse a sí mismo; son una necesidad y un exceso.
También hay personas que pueden ser simples paradas, o estaciones enteras dónde pasar mayor tiempo mientras los años transcurren y decidimos qué destino es el próximo en nuestros planes. Una categoría inferior (o alternativa) por decirlo así. Una especie de trampolín…o en el caso contrario, un tobogán.
Los primeros te impulsan hacia arriba. Los segundos solo te trazan la ruta hacia abajo, hacia el fracaso.
Si no se aprecia la diferencia entre ambos, es sencilla: a uno le interesa servir de soporte para que alcances el siguiente nivel y el otro solo te servirá de medio para una caída libre más entretenida.
Hay quienes, en lugar de naciones normales, son como el Vaticano. Encerrados en otros, indescifrables, impenetrables, inaccesibles. Con mucha lencería blanca pero alfombras cubiertas de secretos muy negros.
De esos, HUID!
De los últimos, de los del siguiente párrafo, tengo muy poco qué decir: Acostúmbrate al dolor, a ellos.
Aquí yacen los cuerpos inertes de quienes ya vencieron el llanto. Cicatrices ambulantes que vagan en sus destinos (eso dicen); “intactos en mil pedazos”; son restos de una sola pieza; no viven en el presente, el pasado es su escudo y el futuro es un arma; les arrebataron la intención pero no las ganas.
Nunca esperarán lastimarte pero eso es inevitable, pues ellos son el daño mismo. Son consecuencia y no causa, aunque causan más daños que consecuencias. No odian pero tampoco se apresuran a amar, porque para ellos “el amor es una decisión”. Y la última vez que decidieron amar, no hubo forma de quebrarlos más. Por eso son el Infierno.
Algunos amamos naciones, otros amamos estaciones, hay quienes aman paradas, y unos cuantos morirían por salir con Vaticanos. Pero si llegó al final de este artículo y encontró solo empatía en los últimos…el infierno es usted.

#MuyMalaMia no haberles advertido sobre el final del artículo pero si, somos el Infierno. Feliz visita Papal.”

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