No te encariñes con la comida, porque luego no la querrás comer

Hablaba en estos días por vídeo llamada con mi tía la de los 50 gatos, que vive en España desde hace casi 1 año. El pueblo donde reside acostumbra (y solo por costumbre) a cosechar hortalizas y criar ganado. Comentábamos sobre lo bonito de recoger tu cosecha y preparar recetas con las papas de tu propio huerto. Ella hablaba y yo imaginaba como sería mi retiro… adorable, lo admito. Algún día fanfarronearé sobre mis buenas zanahorias.

Mi tía vive con su esposo y confesó estar obstinada del olor del ganado, la casa que tiene por delante y por detrás tienen al menos 10 reses cada una. Mi papá dijo “menos mal que son vacas y no cochinos” a lo que mi tía respondió “aquí crían a sus cochinos para comérselos en diciembre”. Todo era hermoso, hasta que pensé en criar un cochino. Irrefutablemente, si lo crío, no me lo como, fue mi decisión.

Mi tía por su parte señaló la cantidad de cabras que tenía la vecina, indicando solo la cantidad. Nunca había sido tan distante con ningún animal; cuando vivía en Venezuela tenía el registro de nacimiento, muda de dientes, cambio de pelo, cantidad de maullidos diarios de cada uno de sus “bebés”. Pareciera que se hubiese vuelto insensible a los balidos ibéricos.

Pasa que como nos criamos en casa, los animales son mascotas. No somos vegetarianos ni mucho menos; claro que comemos carne y pollo en todas sus formas, pero como dijo mi mamá quien participó en la conversa, con la afirmación más honesta que pudo haber hecho: “si la carne viene empacada del mercado y no tengo idea de como la mataron, me la como” y sacó una bandera donde se leía: “Ojos que no ven, corazón que no siente” (en mi submundo, así pasó).

Entonces pensé, si yo llegara a tener un cerdito de mascota, le pondría pulseras con remaches, le cosería ropa, hablaría con él, lo llevaría a clubes nudistas de cerditos y jamás dejaría que lo llamaran “Pepa”. Moriría de vejez, y sería enterrado en el jardín más cercano donde me dieran el permiso de hacerlo. Jamás estaría en mi mesa, en el punto perfecto de cocción.

Es la alimentación un acto puro de primitiva necesidad? La respuesta: si. Debe ser el acto de comer placentero? respuesta: si. En que momento llegamos a satisfacer el hambre con sangre de animales chorreando por nuestras mejillas? Existen algunos animales para comerlos y otros diferentes para amarlos? respuesta: fuck, cual era la primera pregunta? Reflexiones de domingo por la tarde. Espero sus comentarios.

P.D. No tengo pensado volverme vegetariana. Mientras, seguiré comprando pechugas en el mercado y comiendo morcilla en las parrillas.

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